IRONIA

La mujer que dormía desnuda en el jardín, tenía un sabor extraño.

Insípido e incoloro, como a especias muertas, a raíces húmedas.
Tenía el sabor de un adiós y del detalle con que se guarda un secreto.

Sabía como sabe el sol cuando llueve.
A sexo incierto.

Sabía al placer que se inhala, al olor que cubre la nostalgia.
A la pasión derramada en cada vaivén.

Sabía a la inocencia intrínseca que ardía entre sus piernas.
Al color inerte que cuelga de las sombras de la noche.

La mujer que dormía desnuda en el jardín, tenía un sabor incoherente.
De recuerdos luctuosos, de alegrías enterradas.
Tenía el sabor de un idioma mal escrito entre ayes de lujuria y pasajes subterráneos.

Sabía a la ilusión que se pierde.
Al deseo que se escapa entre los dedos.

Sabía como sabe un beso que se niega, una boca que se rechaza, al gemido delirante que enmarca una piel sin caricias.

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