Cuando las miradas furtivas se encuentran en pasillos oscuros, entre blancas sabanas.
Cuando el calor sube hasta el extremo de vaporizar alientos.
Cuando los deseos que nos hacen soñar se hacen palpables.
Cuando las ganas revueltas con el tiempo realizan las ilusiones.
Cuando el anhelo deja de ser intento para tornarse pasión.
Cuando la lluvia en la tarde de tormenta y el vaivén de las olas conspiran.
Cuando el fuego que nos va envolviendo reduce a cenizas las caricias.
Cuando ese aroma que emana de ti y el sabor de tus entrañas se complementan.
Cuando las palabras incoherentes y los gemidos de lujuria, flotan sobre las pieles que el instinto vuelve fosforescentes.
Cuando un beso en silencio, es unas veces exceso y otras veces poca cosa.
Cuando tu sexo es mi alimento, tus pechos mi aderezo y tus labios fuentes de miel.
Cuando la dureza con que despierto y la humedad con que me sueñas se hacen uno.
Cuando el placer por sentirnos es todo el universo que existe.
El mundo conocido cambia de formas, se vuelve piso, mesa, cama.
Y mis ansias por ti, duran para siempre.
CIEGA
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Desde el instante que entró a su vida y a su cama, ella sintió que él era su dueño.
La relación era buena, basada en amor y confianza. Él le pidió que adelgazara un poco, que se dejara crecer el cabello y que asistiera menos a la iglesia para que pudieran pasar más tiempo juntos. Al principio, los cambios fueron difíciles para ella, pero aceptaba por el bien del noviazgo. Cada mes era algo nuevo, la forma de vestir, las amigas que no le gustaban, etc.
Ella se transformó totalmente por él, aunque no se sentía muy cómoda con su nuevo físico, sobre todo si tomaba en cuenta que sus pocos amigos le decían lo cambiada que estaba. Incluso en la intimidad, todo era diferente. De aquellos momentos llenos de ternura y amor ya no quedaba nada. Por complacerlo, llegó a permitir que mas de un par de manos, la acariciaran a la vez.
Pasado un tiempo, él le dijo que se iban a separar, pero ella no estaba dispuesta a perderlo, lo tenía metido en la sangre, no sabría vivir sin el, era lo único que poseía.
Una noche, durante la cena, ella lo durmió con una bebida, lo encerró en el sótano y lo dejó allí atado. Para los demás él se había marchado, pero para ella era el principio de su nueva vida.
Dariana Fernández
CEMENTERIO
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El hombre, caminaba despacio arrastrando los pies, miraba al cielo y sentía que la noche lo acompañaba. Se detuvo frente a la verja. El antes negro y orgulloso portón, ahora gris y oxidado, hacía milagros de equilibrio en una sola bisagra. Empujó y abrió. Un doloroso chirrido lastimó el silencio. El hombre, miró con pena la verja y sonrió con tristeza, recordando el día que fue montada. El tiempo no pasaba en vano y él lo sabía más que nadie.
Entró y cerró sin mirar atrás, llegó a una casi derruida caseta, sacó una pala y una azada y las contempló como si fueran sus propios brazos. Si, eran parte de él después de tantos años de uso.
Era una noche tranquila, de brisa tibia y suave, que parecía susurrar cuando pasaba a través de las ramas inquietas de los eternos árboles que poblaban el camposanto. Un hedor ya no desagradable invadía sus fosas nasales. Estaba acostumbrado. Lo que antes le causaba miedo ahora convivía en su interior, como sus venas, como su sangre. Sentado en una desvencijada silla de plástico y mientras quitaba el sucio acumulado en las herramientas, con bruscos movimientos que podrían parecer caricias o bofetadas, miraba a su alrededor. Cruces, lapidas, panteones, flores secas, vasos con aguas y velas a medio consumir, parecían darle la bienvenida con una sonrisa invisible. Lo conocían, lo recordaban, lo esperaban. Es quien hiere la tierra y la hace gemir. Hacer llorar la tierra, hacía ya mucho tiempo que había dejado de ser un trabajo. Ya no la golpeaba con furia y saña, ya no se enfadaba con ella, cuando su dureza lo hacía sudar. Ahora parecía pedir perdón con cada picazo y ella lo disculpaba dejándose abrir las entrañas. Cuantas memorias dormían entre el mármol, el cemento y el yeso. Había visto tantas lágrimas, escuchado tantas maldiciones, tantos por qué, tantas preguntas sin respuesta. Los sepulcros se habían convertido en tiranos, en genios de fantasía que renunciaron a conceder deseos, en ladrones de alegrías, en opresores de corazones. Dejó de filosofar, cuando un extraño dolor que lo paralizó, subió de repente por su pierna izquierda y se concentró en su cadera, pero no se detuvo ahí y recorriendo el brazo del mismo lado llegó hasta el pecho y le impidió respirar. No podía moverse, trató de gritar y de su boca solo salió una bocanada de aire pesado. Cayó al suelo, con los ojos abiertos, pero sin mirar.
En el lugar donde reinaba la muerte, el hombre había dejado su vida, el cementerio en forma de existencia, sin tomar en cuenta días, horas o segundos, acababa de cobrar, una vez más, su salario.


