CEMENTERIO


El hombre, caminaba despacio arrastrando los pies, miraba al cielo y sentía que la noche lo acompañaba. Se detuvo frente a la verja. El antes negro y orgulloso portón, ahora gris y oxidado, hacía milagros de equilibrio en una sola bisagra. Empujó y abrió. Un doloroso chirrido lastimó el silencio. El hombre, miró con pena la verja y sonrió con tristeza, recordando el día que fue montada. El tiempo no pasaba en vano y él lo sabía más que nadie.
Entró y cerró sin mirar atrás, llegó a una casi derruida caseta, sacó una pala y una azada y las contempló como si fueran sus propios brazos. Si, eran parte de él después de tantos años de uso.
Era una noche tranquila, de brisa tibia y suave, que parecía susurrar cuando pasaba a través de las ramas inquietas de los eternos árboles que poblaban el camposanto. Un hedor ya no desagradable invadía sus fosas nasales. Estaba acostumbrado. Lo que antes le causaba miedo ahora convivía en su interior, como sus venas, como su sangre. Sentado en una desvencijada silla de plástico y mientras quitaba el sucio acumulado en las herramientas, con bruscos movimientos que podrían parecer caricias o bofetadas, miraba a su alrededor. Cruces, lapidas, panteones, flores secas, vasos con aguas y velas a medio consumir, parecían darle la bienvenida con una sonrisa invisible. Lo conocían, lo recordaban, lo esperaban. Es quien hiere la tierra y la hace gemir. Hacer llorar la tierra, hacía ya mucho tiempo que había dejado de ser un trabajo. Ya no la golpeaba con furia y saña, ya no se enfadaba con ella, cuando su dureza lo hacía sudar. Ahora parecía pedir perdón con cada picazo y ella lo disculpaba dejándose abrir las entrañas. Cuantas memorias dormían entre el mármol, el cemento y el yeso. Había visto tantas lágrimas, escuchado tantas maldiciones, tantos por qué, tantas preguntas sin respuesta. Los sepulcros se habían convertido en tiranos, en genios de fantasía que renunciaron a conceder deseos, en ladrones de alegrías, en opresores de corazones. Dejó de filosofar, cuando un extraño dolor que lo paralizó, subió de repente por su pierna izquierda y se concentró en su cadera, pero no se detuvo ahí y recorriendo el brazo del mismo lado llegó hasta el pecho y le impidió respirar. No podía moverse, trató de gritar y de su boca solo salió una bocanada de aire pesado. Cayó al suelo, con los ojos abiertos, pero sin mirar.
En el lugar donde reinaba la muerte, el hombre había dejado su vida, el cementerio en forma de existencia, sin tomar en cuenta días, horas o segundos, acababa de cobrar, una vez más, su salario.

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