DESPEDIDA

DESPEDIDA

Solo por una vez más complace mis labios y pósate en ellos,
acaricia con tu aliento mis anhelos y envuelve con tus suspiros mis ganas.
Solo por una vez más, acaríciame cual río a su roca, Cual playa a su arena, cual viento a tu rostro; ven, que los segundos pasan y no quiero que sean minutos ni horas, que no lleguen a ser días sin tu aroma en mi piel.
Ven, no tardes,
que las semanas serian una eternidad.
Solo por una vez, acércate lo suficiente para sentir que estas, para que seas la musa de mis poesías, el cobijo a mis sensaciones,
la guía de mis dedos perdidos, el eslabón que le falta a mi cadena.
Solo una vez más, deja que la noche nos encuentre y que el sol nos reciba,
que el alcohol anestesie los prejuicios y la moralidad;
que convierta en sinónimos Al amor, al placer y a la infidelidad,
que nos convierta en protagonista de esta novela.
No te niegues, que solo pido una vez más, para destilar tu perfume, para impregnarlo en mis poros y archivarlo en mi memoria una vez más.
para hacerme dueña de aquellas gotas que se deslizan por tu espalda y de la mirada en que te pierdes,
de las líneas que recorres con tus manos, con tus labios.
Solo una vez más,
para dejarme sedada, perdida entre sueños y complacida.
Ana Coronado

ALUCINACIONES

La mujer que hilvanaba vestidos rotos con hilos de luna llena, se dejaba hurgar las ansias cuando sus pies besaban las olas, y subía al extremo sur de mi muslo izquierdo y se aferraba al asta que enarbola mi deseo, para no dar vueltas insólitas sobre su propio espiral.

Esa mujer que me hacia el amor sobre una mesa, fue vista huyendo desnuda, con un eco de silencio atado a su cuello.

Mi lengua no paseara nunca más bajo su falda, y en sus gemidos entrecortados no se ocultaran más otoños.

Ella abandonaba orgasmos a cada paso y la sombra de su sexo evadía las huellas del mío.

La tarde fue testigo, la lluvia jurado, y la imagen diluida de su cuerpo fue juez y verdugo, para condenarme por siempre, a los vacíos y abiertos huecos de sus instintos.
PIEDRAS DE SANGRE

Tu cuerpo con vocación de sombra, envilecido de madrugadas, que acuña besos de sabores inciertos, envenenado de silencios, cuenta las almas que se escapan de sus calvarios y revive en cada paso la distancia que se escurre entre tus poros y externa al mundo rituales secretos.


Tu cuerpo escondido en su siniestra superficie, en donde la lasciva caricia reina, en su limitado espacio se incorpora sediento de fuego, embadurnado de la saliva explicita de su deseo palpable y de los ecos maduros que mueren entre sus piernas, que ciegas se abrieron a mis embates jadeantes.


Tu cuerpo intacto, como acantilado ausente de olas, enfebrecido de esperas, de caricias presagiado, sensualmente
estremecido, desnudo, intimo, solitario, oscuro y tímido.
Perdido detrás de la estela de un orgasmo, que sangra lentamente mientras vuela con las alas de un gemido eterno.
Mitologia entre parentesis


Ella cabalgaba en unicornios de silencio, serpenteando auroras imaginadas, jugando a ser diosa de los centauros, con Eco en la madrugada y Pan a la orilla del río.

Insinuante, bañada de piedras y vestida con alas de sirenas, esquivando los rayos de Zeus en su trono y mordiendo espirales en el sexo de Venus.

Excitada e inconversa, recibiendo con malicia las caricias de un Polifemo cualquiera, envolviendo en sus cabellos las cascadas del Estigia.

En orgía indolente con Caronte y Minerva, atrapada en el refugio insano de un Tártaro iracundo. Sorprendida en su tálamo, agazapada en su misterio, mientras Apolo hacia trizas su deseo inverosímil.

OH diosa de cuarto menguante, dormida sin agobios en las hierbas eternas de los campos Elíseos, flotando en los gemidos de los sátiros y las ninfas, Hera envidia tus senos de fuego, Artemisa imita tus poses de estrella y yo espero como mortal inocente a que me despiertes atado bajo tu túnica.
De sal y lluvia

Tu cuerpo dejo pasar la imagen
Y compartió con agua cada poro
Y bebió del mar lo dulce
Y tomó para si la sal del deseo
Y un eco entre sus senos fue tatuado
Y nació de entre sus muslos una silueta
Y de sus recuerdos vio crecer el beso de una llama
O la llama de un beso, al placer no le importa
Y un frío fuego ardió en sus pupilas
Y la lluvia echa pasión brotó de su alma desnuda
Y rompió el vestido que cubría el sendero hasta su sexo
Y gritaba en medio de la nada, mi nombre cubierto de barro.