La mujer que hilvanaba vestidos rotos con hilos de luna llena, se dejaba hurgar las ansias cuando sus pies besaban las olas, y subía al extremo sur de mi muslo izquierdo y se aferraba al asta que enarbola mi deseo, para no dar vueltas insólitas sobre su propio espiral.
Esa mujer que me hacia el amor sobre una mesa, fue vista huyendo desnuda, con un eco de silencio atado a su cuello.
Mi lengua no paseara nunca más bajo su falda, y en sus gemidos entrecortados no se ocultaran más otoños.
Ella abandonaba orgasmos a cada paso y la sombra de su sexo evadía las huellas del mío.
La tarde fue testigo, la lluvia jurado, y la imagen diluida de su cuerpo fue juez y verdugo, para condenarme por siempre, a los vacíos y abiertos huecos de sus instintos.



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