LA LLEGADA

La noche caía despacio, parecía de esas noches que no querían llegar, de esos días en los que el sol se resistía a irse a dormir a su oeste simulado.
Yo esperaba. Desnuda aun. Con seis vestidos sobre la cama, indecisa sobre cual ponerme, aunque seguramente a él no le hubiese importado que no usara ninguno. A pesar de estar recién bañada, un fino sudor cubría mis poros. Me sentía agitada y nerviosa, como si fuese mi primera cita, no entendía lo que pasaba, pero creo que era la emoción de volverlo a ver, tenerlo a mi lado, sentirlo conmigo. Me paré frente a la ventana a mirar el exterior y encendí un cigarrillo para calmarme mientras veía los autos y las personas pasar como quien no espera nada. Me decidí por un vestido en seda color rojo que se pegaba a mí como segunda piel. Los tonos más oscuros en los lugares adecuados, pues no llevaba ropa interior. Me fui a la cocina, la cena estaba lista, fui al comedor a poner la mesa. Traje los platos, las copas y las bebidas. Mire el reloj y vi que aun faltaban quince minutos para que llegara así que me senté en el sofá a relajarme y mientras el tiempo se cumplía, me puse a fantasear sobre su llegada. Sonó el timbre y me apresure a abrir la puerta, ahí estaba él, con un ramo de rosas blancas y una botella de champagne, no podía dejar de mirarlo, mi sexo latió mas fuerte que mi corazón en ese momento y una deliciosa humedad se hizo dueña de mi interior. A pesar de mi deseo pude controlarme, me hice a un lado y lo invite a pasar, al cruzar frente a mi, su perfume causó estragos en mis ansias y un sórdido gemido pugnó en salir desde el fondo de mi ser. Se detuvo a observar la mesa y una media sonrisa me indicó que le agradaba, cerré la puerta y le quite las flores y la botella de las manos, se sentó en el sofá mientras me dirigía una ardiente mirada que por poco me hace sucumbir, pero si había esperado tanto, sería fuerte un poco mas. Ya en la mesa, mientras cenábamos, nuestras miradas estaban de encuentros constantes, la trivialidad de nuestra conversación iba a la par con nuestros pensamientos lujuriosos o por lo menos con los míos, no podía dejar de pensar en sus besos y sus caricias y en todo lo demás que vendría después.
A la hora del postre ya se había quitado la chaqueta, el helado flameado desaparecía por su boca a una velocidad impresionante y por un momento imagine que era mi boca la que estaba dentro de la suya. La verdad es que me sentía muy acalorada, mis eróticos pensamientos no me dejaban en paz y mi deseo se estaba diluyendo entre mis piernas. El se veía calmado, como si no le afectara nada de lo que sucedía, Aunque en realidad no estaba sucediendo nada que no fuera en mi mente. Se puso de pie y me tomo de la mano para irnos a la terraza donde la luna se nos presentaba en todo su esplendor, Su brillo nos envolvía como algo irreal y yo me esfumaba junto al humo de nuestros cigarrillos. No decíamos nada, solo nos mirábamos mientras nuestras manos unidas se contaban secretos. Después de un rato de mirar la noche perderse en sus misterios, De sentir el aire traer música incierta a nuestros oídos, y cuando ya mi cuerpo estaba a punto de estallar, el se decidió a besarme, fue un beso emotivo y a la vez, No se, quizás vulgar, pero no importaba, para mi fue el detonante de todos los orgasmos que había estado guardando durante toda la noche. Sus manos deslizaban los tirantes de mi vestido y yo me diluía colgada de sus labios. Cuando por fin sus dedos tocaron mis senos, algo estallo dentro de mi, fue como si el universo cambiara de forma. Aun con los ojos cerrados para no ver y solo sentir, pude notar mi desnuda piel como en una burbuja e sonidos, como de campanas llamándome al amor, al placer, al silencio. Un prolongado y a la vez intermitente ruido estaba llenado mis espacios, no quería despertar a la realidad, pero la verdad es que ese sonido me estaba sacando de la fantasía en la que me encontraba, decidí llevármelo a la intimidad de mi habitación. Abrí los ojos de repente, el ruido venia de la puerta, era el timbre, ¡Maldición! Me había quedado dormida y quien sabe el tiempo que llevaba tocándolo. Me apresuré a abrirle y lo primero con lo que me encuentro es un hermoso ramo de flores que me hizo sonreír y al mismo tiempo convirtió mi sonrisa en una mueca al ver la cara del portador, un joven desconocido que miraba una tarjeta y preguntaba:
- ¿Señorita…?
La respuesta afirmativa y la expresión de mi cara lo hicieron marcharse sin sazonar la idea de pedir propina. Entré al apartamento azotando la puerta y sintiendo el mundo caerme encima. Arrojé las flores, tomé la tarjeta que estaba entre ellas y leí a través de las lagrimas la estupida excusa de su ausencia. ¡Maldita Sea!

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