La doncella de los placeres

Entre los estáticos atajos de las veredas y los vestigios memorables de las pasiones, ella se repliega, se ensancha y se hace ubicua. Estremece su cuerpo ante la lujuria y se imprime huellas con dedos inconformes, los tropieza a propósito con juguetones pezones que responden alegres a la sensual caricia.
Conjugando su piel con sudor de medianoche, se hace tierna y seductora, espera su música y se deleita en sus arpegios. Es nocturna y oscura, como luna llena de verano, como estatua que se mueve al compás de las mareas, es única y es étnica, es abierta a los hechizos y hace vuelos indecentes en su escoba.
La doncella espera en su lecho de hojas y susurros, es mujer, esclava y cortesana, su desnudez despide un intenso aroma a mar. Su concha muestra la perla intocada, la que da la muerte en cada inmersión. Destila miel por sus fuentes, es vendaval de fuego que ruge, es delirio que estremece, es pasión que viene de dentro.
El fantasma de las ganas vaga solitario por sus piernas, el dolor ya quedó atrás, sus senos aun suspiran, en sus ojos brilla todavía la luz de la sed saciada, hay descuido en sus gestos, en su rostro una eterna sonrisa de satisfacción y como testigos silentes, tirados a sus pies, como fiera herida, sangre y placer envueltos con recuerdos.

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